Pasé la tarde paseando por los barrios donde, años atrás, borré mi timidez durante las noches de juerga. Recuerdo lugares donde me besé con alguna chica con la que no sobreviví un par de semanas.  Cuánta diversión absurda, pero necesaria. Cuánto dinero quemado en alcohol. Cuántos amigos abrazados a los que ahora echo de menos, como lo mejor de aquellos días. 

Entré en el viejo Molly Malone, el único lugar donde nunca encontré a nadie conocido. Seguía siendo el mismo garito de cristales empañados y luz tenue de velas encendidas y viejas fotos. Pedí una cerveza y me senté en lo que parecía el camarote de un viejo tren con una mesa de madera oscura, tatuada con nombres, corazones, e insultos.

La vida merece la pena porque nos regala lugares.  

La libertad se siente en momentos así, sentado con una cerveza negra en la mano y con un futuro completamente vacío de proyectos y sueños que perseguir.  La libertad es la consecuencia de la nada, la cara amable del vacío. 

Existen puentes que nuestra cargada vida nos impide cruzar, pero ahora estoy en esa otra dimensión. Miro a la gente que me rodea y aunque la vida sea más generosa con ellos, siento que soy el único que está vivo en aquel lugar.

 

Invisibles parte 2.

Llamé a los chicos de la compañía para vernos esa misma tarde. Tenía por delante unas cuantas horas, a las ocho habíamos quedado en el Molly Malone, un céntrico pub irlandés que habíamos convertido en nuestra segunda casa. Allí nos conocían y en sus reservados, nos permitían pasar largas horas hablando de teatro, corrigiendo frases de algún guión, celebrando éxitos o llorando fracasos.

Las seis horas siguientes las pasé paseando por el centro. Me metí en la casa del libro donde busqué libros de filosofía en oferta, no compré nada. Me tomé una caña en un café con más de doscientos años y busqué un lugar agradable para comerme un cocido completo en el Madrid de los Austrias.

El otoño también caminaba por Madrid, fundiéndose en un decorado perfecto, convirtiéndola en un tablero de juego rebosante de personajes de ficción. La lluvia acariciaba las esquinas y los portales, las calles y los paraguas. Las hojas del suelo esperaban ser barridas, también esperaban las bicicletas encadenadas en los árboles, esta es una ciudad para perderse pero sobre todo para encontrarse. El atardecer me pilló por el Retiro y lamenté no haber tenido suerte ni tiempo para el amor.

A las ocho en punto entré en el pub, y allí no había llegado nadie. Pedí una cerveza tostada y me senté a esperar en nuestra mesa de siempre. Aquella mesa había sido testigo de nuestra amistad, tenía algunas marcas propias y ajenas, los posa-vasos también formaban parte de nuestro devenir. Los usábamos para crear un escenario imaginario, los apoyábamos de canto unos con otros en forma rectangular y allí estaba nuestro escenario. Dí un trago a la cerveza y me supo a libertad, me alegré de no haber tenido tiempo ni suerte en el amor y sin saber bien por qué me sentí eufórico, me apetecía volver a ver a los chicos y poderles ofrecer un último trabajo antes de que cada uno siguiéramos nuestro camino.

En veinte minutos ya estábamos todos, Bea y Esther llegaron juntas, José, Daniel y Laura llegaron más tarde, y Miguel tenía que hacer una instalación de sonido para un evento. Nos abrazamos y nos besamos, como si hubieran pasado varios meses, pero solo hacía dos semanas que no nos veíamos. No quise hacerme el interesante, después de pedir el resto de bebidas, les comenté la propuesta que nos hacía Javier para ganar algo de dinero y de ese modo poder ir tirando unos meses más.

Quise advertirles que no habían hecho antes nada parecido.