Pasé la tarde paseando por los barrios donde, años atrás, borré mi timidez durante las noches de juerga. Recuerdo lugares donde me besé con alguna chica con la que no sobreviví un par de semanas.  Cuánta diversión absurda, pero necesaria. Cuánto dinero quemado en alcohol. Cuántos amigos abrazados a los que ahora echo de menos, como lo mejor de aquellos días. 

Entré en el viejo Molly Malone, el único lugar donde nunca encontré a nadie conocido. Seguía siendo el mismo garito de cristales empañados y luz tenue de velas encendidas y viejas fotos. Pedí una cerveza y me senté en lo que parecía el camarote de un viejo tren con una mesa de madera oscura, tatuada con nombres, corazones, e insultos.

La vida merece la pena porque nos regala lugares.  

La libertad se siente en momentos así, sentado con una cerveza negra en la mano y con un futuro completamente vacío de proyectos y sueños que perseguir.  La libertad es la consecuencia de la nada, la cara amable del vacío. 

Existen puentes que nuestra cargada vida nos impide cruzar, pero ahora estoy en esa otra dimensión. Miro a la gente que me rodea y aunque la vida sea más generosa con ellos, siento que soy el único que está vivo en aquel lugar.

 

Después de los saludos, almorzamos un manjar, basado en tortas de maíz y raíces. A la comida le siguió una infusión de hierbas, con un sabor más agradable que el de la comida, hasta que la conversación empezó a abrirse camino.

Hacía varios días, había muerto el anciano de la familia, y lo contaban con tanta emoción que parecía que había sucedido un milagro. Me hablaron de la vida y de la muerte en un orden inverso al nuestro.

Me fascinó la seguridad con la que dejaban atrás planteamientos tan etéreos para nosotros en occidente. Ellos parecían saber lo que ocurre tras la muerte. Me explicaron que cuando entre ellos nace alguien, la seriedad y la importancia del momento no permitía ninguna muestra de alegría, ni emoción.

Para ellos el primer segundo de vida es realmente el único segundo de vida, todo lo demás lo consideran muerte. A partir de ese momento la manzana empieza a pudrirse, hasta morir. 

Así el orden natural sería:

1º.- La nada, antes de llegar al mundo.

2º.- Una muerte lenta que dura 80 años.

3º.- La vida 

En la imaginación, las cosas suceden a mayor velocidad que en la realidad. No hay casi distancia entre la aparición de un sueño y las consecuencias de haberlo logrado. Pero toda mi imaginada vida de sueños y proezas, se vino abajo el día que la policía me entregó una citación para el juicio en el que yo era el acusado de un intento de robo con intimidación.

Yo no he robado nada en mi vida, pero eso es lo de menos. Pasaba por allí y desde aquél día hasta hoy, los acontecimientos me han ido llevando por caminos invisibles. 

A la espera del juicio, me busqué un abogado que, una tras otra me fue dando las peores noticias que nadie quiere escuchar.  La que más daño me hizo, fue saber que la persona que me había denunciado, era la hija de alguien importante.  El juicio está perdido. 

Mi abogado me explicó que el delito prescribía en ocho años. De aquella manera tan sutil me invitaba a dejar el país.

Me despedí de mi familia, que no dudaba de mi inocencia. Temí que el huir de mi responsabilidad evitando la cárcel, molestaría a mi padre que había cumplido con pulcritud el expediente de una vida llena de decisiones a contracorriente. Pero no fue así. Incluso me dio algún consejo.

Cuando les dije que me iba a África a ver a un viejo amigo, mi madre casi llora. 

Invisibles parte 2.

Llamé a los chicos de la compañía para vernos esa misma tarde. Tenía por delante unas cuantas horas, a las ocho habíamos quedado en el Molly Malone, un céntrico pub irlandés que habíamos convertido en nuestra segunda casa. Allí nos conocían y en sus reservados, nos permitían pasar largas horas hablando de teatro, corrigiendo frases de algún guión, celebrando éxitos o llorando fracasos.

Las seis horas siguientes las pasé paseando por el centro. Me metí en la casa del libro donde busqué libros de filosofía en oferta, no compré nada. Me tomé una caña en un café con más de doscientos años y busqué un lugar agradable para comerme un cocido completo en el Madrid de los Austrias.

El otoño también caminaba por Madrid, fundiéndose en un decorado perfecto, convirtiéndola en un tablero de juego rebosante de personajes de ficción. La lluvia acariciaba las esquinas y los portales, las calles y los paraguas. Las hojas del suelo esperaban ser barridas, también esperaban las bicicletas encadenadas en los árboles, esta es una ciudad para perderse pero sobre todo para encontrarse. El atardecer me pilló por el Retiro y lamenté no haber tenido suerte ni tiempo para el amor.

A las ocho en punto entré en el pub, y allí no había llegado nadie. Pedí una cerveza tostada y me senté a esperar en nuestra mesa de siempre. Aquella mesa había sido testigo de nuestra amistad, tenía algunas marcas propias y ajenas, los posa-vasos también formaban parte de nuestro devenir. Los usábamos para crear un escenario imaginario, los apoyábamos de canto unos con otros en forma rectangular y allí estaba nuestro escenario. Dí un trago a la cerveza y me supo a libertad, me alegré de no haber tenido tiempo ni suerte en el amor y sin saber bien por qué me sentí eufórico, me apetecía volver a ver a los chicos y poderles ofrecer un último trabajo antes de que cada uno siguiéramos nuestro camino.

En veinte minutos ya estábamos todos, Bea y Esther llegaron juntas, José, Daniel y Laura llegaron más tarde, y Miguel tenía que hacer una instalación de sonido para un evento. Nos abrazamos y nos besamos, como si hubieran pasado varios meses, pero solo hacía dos semanas que no nos veíamos. No quise hacerme el interesante, después de pedir el resto de bebidas, les comenté la propuesta que nos hacía Javier para ganar algo de dinero y de ese modo poder ir tirando unos meses más.

Quise advertirles que no habían hecho antes nada parecido.

Invisibles 

Javier me había pedido acudir a su despacho en la zona empresarial, había leído mi correo y estaba dispuesto a ayudarnos pero a cambio debíamos colaborar con él. El tren se había ido llenando estación tras estación, yo tengo la suerte de vivir lejos del centro y eso me permite coger sitio sin problema. A pesar que los asientos parecían diseñados por un mono, dentro del tren se estaba bien, fuera llovía, yo iba escuchando Death Horse de Guns&Roses y dándole vueltas al coco sobre que sería lo que quería de nosotros y como podíamos ayudarle a él. Algo se nos ocurriría el pensamiento lateral es una técnica surgida para resolver problemas de un modo imaginativo, es abandonar el pensamiento vertical y lógico, para introducir en la ecuación nuevos puntos de vista más novedosos y atrevidos y algo menos lógicos, de este modo encuentras respuestas satisfactorias que de otro modo no hubieran sido factibles.

Javier tenía una consultora y ganaba dinero asesorando a empresas extranjeras que querían implantarse en España. Imaginaba que tendría algún evento y necesitaría amenizarlo. Conocíamos bien el mundo de la empresa, ya que en ellas dimos nuestros comienzos. Por aquel entonces nos contrataban para entretener a cientos de trabajadores atiborrados de alcohol que ignoraban nuestro trabajo. En el mejor de los casos, por un par de horas de monólogos y números musicales, podíamos ganar unos seis mil euros, y con ese dinero comprábamos vestuario, maquillaje y utillería para la obra que estuviéramos preparando.

Pero Javier no quería que amenizáramos ningún evento, llegué a su oficina me quité el chubasquero empapado y tras un fuerte abrazo y dos preguntas de cortesía me pidió que me sentara y sin muchos rodeos empezó a esbozar el proyecto que tenía entre manos.

A través de un empresario amigo suyo, llamado Frank estaba a punto de cerrar una operación que cambiaría sus vidas. Frank era un ingeniero canadiense que llevaba varios años afincado en España. Aquí montó su propia empresa y tras varios intentos logró crear una batería eléctrica que se recarga con el propio movimiento del vehículo que la llevara incorporada. Tras patentar el invento entró en juego Javier quien hizo llamadas y viajes a diferentes foros de empresarios donde tenía contactos de confianza, su objetivo era llegar a los empresarios más poderosos de los cuatro o cinco paises más poderosos. Dos meses después una empresa automovilística japonesa llamada Hichita & Co (H&Co), está dispuesta a comprarle la patente y tras eternas sesiones de negociación entre abogados, las dos partes han llegado a un acuerdo económico sobre la patente, pero queda pendiente la comisión que H&Co pagaría a la empresa de Frank por cada unidad fabricada en España. Para cerrar este importante fleco, H&Co manda a España una comitiva de dos ingenieros y dos abogados para formalizar una oferta. Pero Frank no podía atenderles en el pequeño local aledaño a su casa donde ha desarrollado el prototipo de batería, si lo hiciera quedaría muy debilitado para negociar, teniendo en cuenta que estamos hablando de fabricar más de dos millones de unidades al año.

Javier había encontrado una solución inspirada en la película de El Golpe con los magistrales Robert Redford y Paul Newman, sin tiempo que perder compró una Sociedad Limitada que llevaba varios años sin actividad, le cambió el nombre por Sinergia Technology S.L y alquiló por un mes una oficina diáfana en el centro financiero.