En la imaginación, las cosas suceden a mayor velocidad que en la realidad. No hay casi distancia entre la aparición de un sueño y las consecuencias de haberlo logrado. Pero toda mi imaginada vida de sueños y proezas, se vino abajo el día que la policía me entregó una citación para el juicio en el que yo era el acusado de un intento de robo con intimidación.

Yo no he robado nada en mi vida, pero eso es lo de menos. Pasaba por allí y desde aquél día hasta hoy, los acontecimientos me han ido llevando por caminos invisibles. 

A la espera del juicio, me busqué un abogado que, una tras otra me fue dando las peores noticias que nadie quiere escuchar.  La que más daño me hizo, fue saber que la persona que me había denunciado, era la hija de alguien importante.  El juicio está perdido. 

Mi abogado me explicó que el delito prescribía en ocho años. De aquella manera tan sutil me invitaba a dejar el país.

Me despedí de mi familia, que no dudaba de mi inocencia. Temí que el huir de mi responsabilidad evitando la cárcel, molestaría a mi padre que había cumplido con pulcritud el expediente de una vida llena de decisiones a contracorriente. Pero no fue así. Incluso me dio algún consejo.

Cuando les dije que me iba a África a ver a un viejo amigo, mi madre casi llora. 

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