Pasé la tarde paseando por los barrios donde, años atrás, borré mi timidez durante las noches de juerga. Recuerdo lugares donde me besé con alguna chica con la que no sobreviví un par de semanas.  Cuánta diversión absurda, pero necesaria. Cuánto dinero quemado en alcohol. Cuántos amigos abrazados a los que ahora echo de menos, como lo mejor de aquellos días. 

Entré en el viejo Molly Malone, el único lugar donde nunca encontré a nadie conocido. Seguía siendo el mismo garito de cristales empañados y luz tenue de velas encendidas y viejas fotos. Pedí una cerveza y me senté en lo que parecía el camarote de un viejo tren con una mesa de madera oscura, tatuada con nombres, corazones, e insultos.

La vida merece la pena porque nos regala lugares.  

La libertad se siente en momentos así, sentado con una cerveza negra en la mano y con un futuro completamente vacío de proyectos y sueños que perseguir.  La libertad es la consecuencia de la nada, la cara amable del vacío. 

Existen puentes que nuestra cargada vida nos impide cruzar, pero ahora estoy en esa otra dimensión. Miro a la gente que me rodea y aunque la vida sea más generosa con ellos, siento que soy el único que está vivo en aquel lugar.

 

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